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Pintura

Biografía

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Rosario de Velasco Belausteguigoitia

(Madrid, 20 de mayo de 1904-Barcelona, 2 de marzo de 1991) 

Biografía

Rosario de Velasco era mi abuela materna. Hace ya unos años, inicié esta modesta página web a la que desgraciadamente no puedo dedicarle el tiempo necesario. Al anunciarse la exposición de mi abuela en el Museo Nacional Tyssen Bornemisza, me encargaron realizar la biografía para el catálogo. Lo que aquí puede leerse es una versión más extensa y detallada de la misma, elaborada con datos recogidos de entrevistas a familiares, cartas, manuscritos e incorporando textos que he considerado útiles para comprender mejor la vida de la pintora. Estos textos, a veces extensos y siempre referenciados en las notas a pie de página, irán creciendo o modificándose según vayan apareciendo y sean contrastados. Verá el lector que me remito de forma recurrente a un manuscrito de Rosario de Velasco que, si bien no tiene un título claramente definido, se cita como “La primera impresión de mi vida”, cuya versión completa figura escaneada y transcrita en esta misma sección biográfica. Por otra parte, he añadido extractos, siempre referenciados, de textos de autores que han escrito sobre Rosario.

 

Víctor Ugarte Farrerons, licenciado en historia del arte.

Londres

  • 1904-1919. Madrid. Familia, Infancia
    Rosario de Velasco Belausteguigoitia nace en Madrid el 20 de mayo de 1904, si bien hay fuentes que datan su nacimiento, erróneamente, en 1910 o 1912. Muchos familiares recordamos que cuando le pedían su documentación para verificar su edad, solía decir, con coquetería: “¡Uy!... Se quemó todo en la guerra”. Familia: Padres, abuelos, hermanos y primos de Rosario Imagen: Fotografía de los padres de Rosario de Velasco, Rosario Belausteguigoitia y Antonio de Velasco Hija de Rosario Belausteguigoitia Landaluce y Antonio de Velasco Martín Cuadrillero, relata así en su manuscrito: “Vivíamos en una casa grandísima con siete balcones que daban al Paseo de Rosales. La entrada de la casa era por la calle Quintana. De esa casa no queda nada, ya que durante la guerra quedó deshecha. Pero para mi vida y la de mis hermanos ha quedado un recuerdo perenne. Aquellas vistas a la Casa de Campo. El cuartel de la Montaña a la izquierda. La Tinaja y la Sierra a un lado. Abajo, la estación del Norte”[1]. A esta casa le siguió la que será, a partir de entonces, la residencia familiar en la calle Guzmán el Bueno 45, en Madrid, que será en el futuro la residencia de la hermana de Rosario y su esposo. Actualmente esta vivienda sigue en manos de la familia Velasco. Su familia era muy tradicional y religiosa. El padre de Rosario, Antonio de Velasco Martín Cuadrillero y Bezos, hijo de Luciano de Velasco y Juliana Martín, nacido en 1875, militar, coronel de infantería y diplomado de Estado Mayor, fue agregado militar en la Embajada de España en Londres y profesor de la Escuela Superior de Guerra. También sus obligaciones le llevaron a Cuba por un tiempo. Estos puestos en el extranjero fueron antes de que naciera Rosario. Antonio de Velasco fue condecorado con, entre otras, la Cruz de María Cristina y la Placa de San Hermenegildo. Tenía un temperamento y actitud marciales, y era además una persona extremadamente culta y un gran lector. Hablaba inglés con fluidez, lo que no era habitual en la época. De él, cuenta Emilio Fornet en un artículo en que habla de Rosario de Velasco, que era “maestro de dibujo en la Escuela de Guerra”;[Antonio de Velasco] “pintaba acuarelas muy al gusto del siglo XIX, y quiso que ella [Rosario] fuera pintora. Ahora, desde luego, no está conforme con el arte nuevo que sigue Rosario. Pero no tiene otro remedio que transigir. Se lo impone el éxito de su hija”[2]. Aquí vemos ya una “ruptura” de una Rosario inconformista que no se limita a dibujar o pintar lo que le hubiera gustado a su padre o lo más convencional, sino que busca lo nuevo como una forma de búsqueda de un estilo personal. Cuando Rosario describía a su padre, recordaba la severidad y disciplina castrenses que seguía imponiendo en el hogar familiar, que a Rosario le parecía “un cuartel”. Obsesionado con la asepsia, incluso en pleno invierno no se cansaba de gritar “¡hay que ventilar, hay que ventilar!”, cosa que provocaba “que los demás nos congeláramos”, según cuenta su nieta María del Mar. En todo caso, Rosario encuentra la comprensión paterna en su dedicación a la pintura y no pone inconvenientes a que Rosario busque su camino en nuevos en estilos más modernos. La casa familiar de Guzmán el Bueno estaba repleta de libros, incluyendo tomos en francés y títulos no permitidos en la época, que Antonio animaba a sus hijos a leer. Antonio de Velasco murió el 26 de julio de 1957. La madre de la pintora, que compartía nombre con ella, fue Rosario Belausteguigoitia Landaluce, nacida en 1875 en Reinosa (Cantabria), donde sus padres disfrutaban de unas vacaciones. Estos hubieran querido que su hija naciera en Bilbao, donde vivía la familia, o en Llodio (Álava), donde veraneaban, pero el parto se adelantó. La pintora contaba divertida esta obsesión por que su madre naciera en Vizcaya y el arraigo de su familia materna a su tierra. Rosario Belausteguigoitia fue una mujer muy religiosa durante toda su vida y transmitió esta religiosidad a sus tres hijos. Volviendo a la madre de Rosario, era hija de Federico de Belausteguigoitia Gorostiza[3], nacido en 1842 en Llodio (Álava), “todo un caballero carlista”[4], y Josefa Dolores de Landaluce Ycabalceta[5]. Nacida en Orduña (Vizcaya) el 27 de febrero de 1852. Josefa Dolores, abuela de la pintora, “había sido bautizada en Santa María de Orduña en 1854; era hija de Juan Francisco Landaluce Aguirre (Murga, P. San Juan, n. 1807) y de Clara Icabalceta Sarachega[6], casados en 1850 en Orduña; nieta paterna de Juan Landaluce Ugarte y de Clara Aguirre Ysasi. Hermana del dicho Juan Landaluce Ugarte fue María Landaluce Ugarte, nacida en Murga en 1773, esposa de Manuel Lino de Urquijo Larrinaga, padre del primer marqués de Urquijo. Dolores Landaluce cursó estudios en Orduña, como interna del colegio de monjas, con gastos asumidos por su tío el marqués de Urquijo, con carteo profuso entre ambos. Federico Belausteguigoitia, apoderado-secretario y hombre de confianza del marqués, era el encargado de atender las cartas de Dolores... y se enamoró de la que escribiendo mostraba cualidades muy de su gusto, por lo que, hechas las presentaciones y tras un noviazgo breve, llegó la boda: se casaron en Santa María de Orduña el día 30 de diciembre de 1874 y establecieron su residencia en Madrid, sede laboral del marido”. Rosario de Velasco cuenta sobre su madre: “De una familia vascongada, residentes en Bilbao pasando temporadas en Llodio, de donde el abuelo era originario. La mayor de catorce hermanos, educados como entonces se hacía: piano, francés, ortografía para los chicos (…) Fuertes, sanos, alguno de ellos casi gigante, conocidos luego como los futbolistas famosos, los Belauste, llenaron una época del football vasco con gran honor y éxito”. De los 14 hijos que menciona Rosario en su manuscrito, dice que sobrevivieron 12, la mayoría de fuertes convicciones nacionalistas vascas, como Federico[7], escritor que en “1919, al crearse la Academia de la Lengua Vasca, es nombrado miembro correspondiente de la misma por Vizcaya”. Ideólogo del nacionalismo vasco, fue homenajeado por Euskaltzaindia en su 75 aniversario. Tras la Guerra Civil, se exilia en Francia y en el Reino Unido y, finalmente, vuelve al País Vasco para instalarse definitivamente en Getxo (Vizcaya)[8]. Otros hermanos se exiliarían en Ciudad de México. Entre estos, a los que también se refería en el texto anterior Rosario, encontramos a José María, el célebre “Belauste”[9] que, junto a “Pichichi”, fue un auténtico héroe del Athletic de Bilbao, medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, y autor de un gol que fraguó la leyenda de la “furia española”[10] tras su famosa frase “"¡A mí, Sabino, que los arrollo…!"[11] . Rosario Belausteguigoitia y Antonio de Velasco tuvieron tres hijos. Imagen: Luis, Rosario y Lola de Velasco Escribe la pintora: “Mis hermanos Lola y Luis, yo quedaba en medio, éramos como todos los niños, a veces nos entendíamos perfectamente y a veces nos peleábamos endiabladamente con gran desespero de mi madre. Era tanta su pena, que generalmente nos encerrábamos en mi cuarto y allí nos zumbábamos de firme. Luis, fue médico, trabajó en Argentina, estudió en Berlín y dirigió el Dispensario Central Antituberculoso de Valencia y el Sanatorio Portaceli años más tarde. Trabajó en un mercante que hacía la ruta a Argentina. Se casó en 1936 con la biesquense María Teresa Rami y, de regalo de bodas, Rosario les entregó el magnífico óleo Lavanderas (1934). que una vez mamá en plena pelea se presentó con sombrero, abrigo y un pequeño maletín de viaje anunciándonos su marcha a Bilbao para no volver más si continuábamos con nuestras peleas. (…) Físicamente yo era una especie de gitanilla, tan morena que me llamaban “el monito”. Lola era una morena clara y Luís, descendiente de los rubios Velasco que habían sido los abuelos y cuya vena no se extingue, por esa genética misteriosa precisa y exacta que sigue dando rubios Velascos.”. Lola pintaba unos espectaculares tapices de gran formato. Recuerdo haberle oído decir en el piso de Guzmán el Bueno, “yo soy una artesana, mientras que Rosario es una artista.” Lola se casó con Salvio Alonso Linaje, militar de caballería, quien llegaría a ser general. Tuvieron seis hijos, Beatriz, Álvaro, Carlos, Rodrigo, Fernando y Marisol. El tercer hijo de Antonio de Velasco y Rosario Belausteguigoitia, Luis y Mª Teresa tuvieron cinco hijos, Pepe, Luis (Bibi), Maite, Mavi y Juan. Tanto Luis como su hermana Rosario fueron muy deportistas. Luis, me dice su nieta Toya Viudes, “era un amante de la montaña y el verde del País Vasco y era feliz bañándose en las pozas heladas. Mi madre recuerda a Rosario mucho más moderna de carácter y de espíritu que mi abuelo, pero se querían muchísimo. Mi madre recuerda a Rosario muy adelantada a su tiempo y muy diferente al resto de la familia”. Infancia Imagen: Comunión de Rosario de Velasco Rosario estudió con sus hermanos en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, conocido como “las monjas francesas”, en la esquina de Ferraz y Romero Robledo. Fue una niña muy activa a la que le gustaban más los juegos de niños que de niñas, pues estos últimos solían aburrirle. Prefería trepar un árbol o deslizarse por una pendiente en una hojalata que jugar a muñecas. En su manuscrito describe uno de sus primeros recuerdos: el camino a la estación para viajar a la casa familiar de su madre en Llodio, donde también compartían la obsesión por la asepsia y el culto a Pasteur: “La primera impresión de mi vida: me llevan de la mano y bajamos una cuestecilla con escaleras rodeada de árboles. Voy de blanco y las alas de un sombrero, también blanco, suben y bajan al movimiento de la bajada. Las escalerillas eran un atajo desde la cuesta de San Vicente a la Estación del Norte”[12]. [1] Rosario de Velasco Belausteguigoitia, “La primera impresión de mi vida”, manuscrito de la artista disponible en www.rosariodevelasco.com, consultado por última vez el 23/01/2024, en adelante citado como Manuscrito. [2] Emilio Fornet, “Las mujeres en el Arte”, en Estampa, año 7, n.º 324, 24 de marzo de 1934, s. p. [3] https://gw.geneanet.org/sanchiz?lang=en&n=belausteguigoitia+gorostiza&p=federico [4] Véase el Manuscrito. [5]https://www.geneaordonez.es/datos/getperson.php?personID=I179954&tree=MiArbol&sitever=mobile [6] El apellido Ycabalceta aparece en este caso como Icabalceta. [7] https://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/en/belausteguigoitia-landaluce-federico/ar-12664/# [8] Para más información sobre Federico Belausteguigoitia Landaluce (en euskera): https://www.eusko-ikaskuntza.eus/PDFAnlt/bidegileak/06_belaustegigoitia.pdf [9] Ver entrada de Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Belauste [10] También futbolistas del mismo equipo fueron Ramón (conocido como Belauste II) y Pacho (Belauste III). Rosario Belausteguigoitia murió en abril de 1964. [11]Alfredo Relaño. Diario As, 3 de septiembre de 2020. https://as.com/opinion/2020/09/02/blogs/1599069071_345380.html [12] Véase el Manuscrito.
  • 1919-24 Madrid. Adolescencia y primera juventud. Años de formación
    Cuando tenía 15 años, su padre las inscribió a ella y a su hermana Lola en la academia de Fernando Álvarez de Sotomayor[1], miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1922 y director del Museo del Prado en dos ocasiones[2]. Escribe a este respecto José Luis Alcaide: “se educó con Fernando Álvarez de Sotomayor, pintor del regionalismo gallego, un retratista elegante en la línea de su coetáneo Manuel Bendito que, atraído como éste por el simbolismo finisecular, cuenta además con una fecunda carrera administrativa. Es claro, por tanto, que el depurado dibujo y la técnica pictórica que identifica a Velasco tuvo un origen académico; también cabría relacionar las consecuencias de su aprendizaje con el gusto por géneros como el retrato y el bodegón (una constante en su producción), y con otros asuntos que se organizan en torno a la anécdota, aunque en muchos casos la reduzca a simple excusa o punto de partida. Pero lo cierto es que forjó el estilo que la dio a conocer de manera aislada y muy personal pues ya desde sus inicios recusó actitudes miméticas”[3]. De estos años con Sotomayor sabemos poco. Rosario decía que era Lola la que estudiaba pintura y que ella, en cambio, se dedicaba a pintar pero que, de hecho, hubiera preferido escribir. Esa afirmación la repetirá en posteriores entrevistas en las que cambia escritura por dirección de cine[4]. Rosario seguiría estudiando allí hasta 1924, y el autorretrato que elaboró ese año fue su ejercicio final. Esta obra, que presenta con un atuendo de época, está firmada con su nombre y no con su monograma, inspirado en su admirado Alberto Durero y compuesto por las iniciales R, D y V, con el que firmará el resto de su carrera. Cabe mencionar que hay obras auténticas de Rosario de Velasco con la firma falsa o incompleta, añadida posteriormente. Sorprende la poca información sobre este periodo de formación. La imaginamos aplicada y concentrada en adquirir la técnica necesaria para poderse desenvolver con la solvencia necesaria que se exigía. Lo que sí sabemos es su admiración por los maestros y su gusto por visitar el Museo del Prado y estudiar a los maestros. Rosario también tuvo sin duda que conocer los movimientos italianos del momento, (y tuvo) “ocasión de contemplar obras muy representativas. Ya en 1928 había tenido lugar en el palacete del Retiro madrileño una muestra internacional en la que figuraron pinturas de Felice Casorati, Mario Tozzi, Ardengo Soffici y Cario Carra, entre otros.[5]” [1] https://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_%C3%81lvarez_de_Sotomayor [2] Entre 1922 y 1931 y entre 1939 y 1960. [3] José Luis Alcaide: “un lienzo de Rosario de Velasco en el Museo de Bellas Artes De Valencia.” Ars longa: cuadernos de arte, ISSN 1130-7099, Nº. 6, 1995, págs. 49-55 https://www.uv.es/dep230/revista/PDF253.pdf [4] Bruno Benson, “Rosario de Velasco”, en Medina, 14 de febrero de 1943, s. p. [5] José Francés, "Una exposición internacional. Pintura y escultura italianas", La Esfera, Madrid, núm. 756 (30-junio-1928), s/p. (Citado en texto de Alcaide)
  • 1924-1928 Primeros años como pintora.
    Al finalizar sus estudios con Sotomayor, alquiló un estudio en la Costanilla de los Ángeles, donde llevaba a veces a sus sobrinos (hijos de Lola) que, como muchos familiares y allegados, le servían de modelos, como es el caso de Fernando representado en Maternidad (1933). El momento artístico de cambio, en el que Rosario empieza su carrera profesional, lo describe Antonio Franco al hablarnos del origen de este “proceso modernizador; que más allá de sus proclamas y momentos fundacionales sólo se empezó a decantar con nitidez a partir de 1917 en el que, como consecuencia de la tardía recepción que tuvieron en nuestro país, las estéticas derivadas de la vanguardia de anteguerra convivieron, desde mediados de los años veinte, con la revisión impuesta por el movimiento de retorno al orden que se generalizó en todo el escenario europeo; y en el que, finalmente, las expresiones propias del llamado arte nuevo acabaron por alcanzar, ya en los años anteriores a la guerra civil, una notable diversidad de registros cuya importancia tiende a ser cada vez más valorada, no sólo en relación con los distintos ismos europeos, sino por el positivo interés y la propia singularidad de sus aportaciones”[1]. La primera exposición como profesional de Rosario de Velasco es en 1924, cuando participa en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de ese año con dos obras, Vieja segoviana y El chico del cacharro, de las que dice Alcaide: “son de algún modo sensibles al quehacer del maestro (Sotomayor)[2], mas no tardaría mucho Velasco en conectar con algunas de las tendencias que contribuyeron a modelar la vanguardia peninsular, acrecentando así el número de mujeres que aflora en la pintura española durante los años veinte y treinta: Julia Minguillón, María Röeset, Delhy Tejero, Ángeles Santos, Maruja Mallo... algunas de las cuales abordaron desde distintas ópticas un realismo renovado en cuyo desarrollo participaron, también de forma heterogénea, pintores como Genaro Lahuerta, Pedro de Valencia, Hipólito Hidalgo de Caviedes, Eduardo Santonja, Roberto Fernández Balbuena, Pere Pruna, José María Ucelay, Luis Berdejo, Jorge Oramas y tantos otros. Es sabido que durante estos años, bajo los efectos del retorno al orden, una compleja trama de influencias más o menos determinantes y hasta aparentemente contradictorias entre las que se cuentan los Valorí Plastíci y el Novecento italianos, la Nueva Objetividad alemana, pero que recoge asimismo evoluciones puntuales del Noucentisme, del Regionalismo, ciertas adherencias art déco, y que pondera los ejemplos específicos de figuras capitales como Picasso, Miró, Dalí u otras de distinto relieve como Vázquez Díaz, Sunyer, Togores o Feliu Elías, propició en España la aparición del denominado Nuevo Realismo, fenómeno todavía poco estudiado pero que constituye un amplio e insoslayable segmento de nuestra vanguardia y sus aledaños[3]. Desde luego, las distintas ramificaciones que lo componen (en puridad habría que hablar de Nuevos Realismos), las equívocas fronteras que lo delimitan y el extenso abanico de elementos estilísticos que entra en juego, poco colaboran a su esclarecimiento.” Rosario será una habitual en la Bienal de Venecia, y presentó obra en las ediciones de 1932, 1934, 1936, 1940 y 1942[4]. [1] Antonio Franco Domínguez: “Pérez Rubio, el arte nuevo y las Exposiciones Nacionales (1926-1932)” Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, SEACEX. 2004 [2] Referencia en la cita de Alcaide: Anónimo, "Velasco (Rosario de)", en Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, apéndice, t. X, Madrid, Espasa-Calpe, 1933, p. 1073. [3] Referencia en la cita de Alcaide: Véanse Jaime Brihuega, Las vanguardias artísticas en España. 1909-1936, Madrid, Istmo, 1981, pp. 145-146. [4] VV.AA.: Un Siglo de Arte Español en el Exterior. España en la Bienal de Venecia (1895–2003). Madrid, Turner/Ministerio de Asuntos Exteriores/Fundación BBVA, 2003.
  • 1928-1936 Éxito y premios. Adán y Eva
    Rosario tiene en esta época un considerable éxito como pintora. Dice Esteban Leal: “Por esas mismas fechas, se integra en la agrupación Artistas de Acción, formada además por los pintores Horacio Ferrer, Aureliano Arronte, Juan Borrás, Cobo Barquera, Ricardo Summers (Serny) y Marisa Pinazo, cuya primera exposición tiene lugar en las salas del periódico El Heraldo de Madrid”[1]. Después seguirá su participación en muestras colectivas y concursos; en 1931, expone el lienzo El baño en el XI Salón de Otoño de la Asociación de Pintores y Escultores de Madrid. “En 1932, Velasco forma parte de la muestra organizada en Valencia por la Sociedad de Artistas Ibéricos bajo el subtítulo de Pintura Novecentista en Valencia”, y participa también en la Exposición Nacional de Bellas Artes con el lienzo Adán y Eva, con el que obtuvo la segunda medalla en la categoría de pintura, si bien dice Fornet: “El jurado la propuso para la primera [medalla], sólo que no hay precedente [de mujeres galardonadas con el primer premio]. Menéndez Casal últimamente le escribió animándola: “A ver si este año [le] hacemos justicia a usted[2].” Adán y Eva es su obra más célebre, y se expone hoy de forma permanente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. En algunos textos aparece también con el título Un hombre y una mujer en el campo o Eva y Adán. El modelo para la figura de Adán fue un asistente de Antonio de Velasco, el padre de Rosario, y para el cuerpo de Eva (no para el rostro) posó Celia Bodelón, esposa de Dámaso Rabanal, ambos buenos amigos de Rosario. Concha Lomba escribe sobre la obra: “Esta pintura expresa una libertad que hasta ese momento había sido vedada a las mujeres: la capacidad para mostrar públicamente sus sentimientos amorosos. En este sentido, Adán y Eva fue una obra muy moderna, ya que evocaba el amor que una pareja en relación de igualdad se profesa en un lugar público.”[3] La obra pasa luego a exponerse con las demás concursantes en el Palacio de Exposiciones del Parque del Retiro de Madrid, donde recibe críticas muy positivas. Alcaide escribe sobre Adán y Eva: “Presentado junto a Chica ciega en la exposición nacional de 1932, fue sin duda la revelación del certamen, donde sin conseguir el primer premio (obtuvo medalla de segunda clase) acaparó buena parte de la atención crítica. Así lo atestigua un fragmento de la reseña que Méndez Casal publicó sobre esta convocatoria, cuya urgencia y falta de perspectiva histórica le confieren un valor añadido: “Dentro de un sentido discretamente moderno, tal vez la obra más completa de la Exposición sea la de la joven pintora Rosario de Velasco, titulada Adán y Eva, trazo afortunadísimo, brioso, recio, con sentido de corporeidad, sin concesiones a la plebeyez al uso; pintura honrada, sana, que ha salido de manos de la artista con grandeza y arrogancia. En esta pintura hay elementos bien asimilados del cubismo, del expresionismo, al lado de influencias o coincidencias lejanas. Parece asomar como un secular eco de Mantegna, sostenido milagrosamente en el tiempo. La arquitectura interna de esta obra extraordinaria es de una solidez que asombra en estos tiempos de improvisación, de superficialidad y de simulación.”[4] Recientemente, otros textos más minuciosos han analizado los múltiples influjos que pueden atisbarse en esta obra. Josefina Alix, por ejemplo, al tiempo que constata su sintonía con los planteamientos del Realismo Mágico y reflexiona sobre el grado de información-intuición que debía poseer la pintora, advierte el alcance de soluciones neocubistas y percibe en el ambiente bucólico la huella prerrafaelista (…)” FOTO 9 Rosario de Velasco participó en cuatro exposiciones organizadas por la Sociedad de Artistas Ibéricos, una en territorio español y las tres restantes en el extranjero. La primera, la II Exposición de la Agrupación de Artistas Ibéricos, subtitulada "La llamada pintura novecentista en Valencia", tuvo lugar en los salones contiguos al Ateneo Mercantil (la entidad patrocinadora) en 1932. No dejó indiferente el trabajo de Velasco a José Luis Almunia, crítico del magazine local La Semana Gràfica (núm. 295, 1932), quien después de manifestar su sorpresa ante el tibio vanguardismo de la muestra le dedicó estos párrafos: “Un aroma de clasicismo en los paños y el color, con entonaciones tranquilas y al mismo tiempo dotadas de poderosa atracción, tienen los cuadros de Rosario de Velasco. El baño, Madona y Autorretrato podían clasificarse entre las notas grises de esta exposición, como lo más reposado, y a pesar de su proclama revolucionaria, también de cierto tinte arcaico, que como paradoja se compaginan perfectamente con las normas modernas. Su lienzo titulado Juguetes entra más de lleno en los propósitos de la escuela.” En la segunda (que era en realidad la primera pre­sentada por la SAI fuera de España, concretamente en Copenhague) le seleccionaron dos obras: Adán y Eva y Naturaleza Muerta. La tercera se celebró en Berlín (1932-1933), donde volvió a exponerse Adán y Eva. Manuel Abril comentaba sobre esta exhibición: “Rosario de Velasco, Genaro Lahuerta, Pedro Sánchez, también Pruna, Togores y Valverde representan a su vez una tendencia que en Alemania se designa con el nombre de nueva objetividad, puramente latino, cuyo origen está en Roma en los pintores de "valori plastici"...”[5] En 1936, Rosario de Velasco participó en la exposición L' Art Espagnol Contemporain, que tuvo lugar en el Jeu de Paume de París. En 1935, se celebró en la Librería Internacional de Zaragoza una exposición dedicada exclusivamente a jóvenes mujeres, artistas y poetisas. [1] Paloma Esteban Leal, “Rosario de Velasco Belausteguigoitia”, entrada de la web de la Real Academia de la Historia. [2] Fornet 1934, op. cit. nota 2, s. p. [3] Lomba, Concha: Bajo el eclipse: pintoras en España, 1880-1939, Consejo Superior de Investigaciones Científicas; 1ª edición (13 Noviembre, 2019) pp. 229-233 [4] Referencia en la cita de Alcaide: citado por Bernardino de Pantorba, Historia y crítica de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes celebradas en España, Ramón García-Rama J., 1980 (1. Madrid, Jesús 6ª ed., 1948), p. 296. Véanse también pp. 293, 295, 297 y 495. [5] Referencia en la cita de Alcaide: citado por Concha Lomba Serrano, "El nuevo rostro de una vieja bandera: La Sociedad de Artistas Ibéricos en la República (1931-1936)", en el catálogo de la exposición La Sociedad de Artistas Ibéricos y el arte español de 1925, Madrid, iv0lCARS, 1995, p. 96. Véanse también pp. 87-101.
  • Ilustradora
    FOTO 15 (Ver más imágenes de sus ilustraciones en la sección con ese nombre en esta web) Desde muy pronto, colabora como ilustradora en diferentes proyectos: en la revista La Esfera (1927), en Cuentos para soñar (1928) de su buena amiga María Teresa León… Sobre este último y precioso cuento, cuyos originales conserva la editorial Hijos de Santiago Rodríguez en Burgos, así como otros ilustrados por Rosario, se incluyen diversas citas de Beatriz Caamaño de su texto “Ilustrando a Rosario de Velasco”[1], que pueden servir muy bien para entender el contexto en el que Rosario de desenvolvía en ese preciso momento histórico. Recomiendo al lector consultar el texto completo, disponible en línea. Dice Caamaño: “Este texto se incluye dentro de una corriente de renovación en el campo de la literatura para niños que tuvo lugar en los años veinte y treinta en España y en la que destacan autores como Antonio Robles o Elena Fortún. El relato de León se caracteriza por “[su] vinculación (…) con una tradición cuentística universal, pero procurando moldes expresivos que acomoden la vieja materia a las modernas estéticas[2].” De este modo, a elementos y personajes tradicionales, como Blancanieves o las hadas, se unen otros más modernos, como las fábricas o las vacunas. El cuento se centra en las peripecias de una niña, llamada Nenasol, en compañía de Pulgarcito, durante su viaje del Lago Verde, donde viven las hadas, a la ciudad, para concluir regresando a la casa materna. Se trata de un libro ecléctico, no sólo por la mezcla de lo antiguo y lo nuevo, sino también de distintas tradiciones literarias, como la cuentística, la teatral o la poética. Este eclecticismo es recogido por las ilustraciones de Rosario de Velasco, que varían en tamaño, color, estilo y localización en el texto. (…) En la portada de Cuentos para soñar y a lo largo del libro, las ilustraciones de Velasco refuerzan el mensaje de León y su combinación tradición-modernidad. El título mismo sugiere un futuro imaginado y por crear, tal como implica el “para soñar”. Por su parte, la portada diseñada por Velasco enfatiza la modernidad, puesto que muestra fábricas humeantes y grandes rascacielos, pero no excluye la tradición, en este caso la de los cuentos infantiles, que está representada por un gran pájaro volador que porta sobre sí a Nenasol y Pulgarcito. (…) Las ilustraciones de Velasco armonizan con las palabras de León, pues retratan a la protagonista como una chiquilla moderna y activa.” Con María Teresa León, Rosario vuelve a colaborar en las ilustraciones de La bella del mal amor en 1930. Sobre este cuento, dice Caamaño: “Aunque basado en la tradición de los cuentos castellanos, este libro no está dirigido al público infantil, sino al adulto, pues se compone de una serie de relatos centrados en la insatisfacción femenina y transmitidos en un tono subjetivo y poético no siempre fácil de entender. (…) [En] las páginas de La bella (…) también se denuncia la doble moral y las injusticias a las que se enfrentan las mujeres que rompen las normas sociales.” En 1932 ilustra Cuentos para mis nietos de Carmen Karr y Alfonsetti “(Barcelona, 16 de marzo de 1865-Barcelona, 29 de diciembre de 1943), periodista, escritora, musicóloga y publicista española. La autora, sufragista, fue una de las promotoras más adelantadas del feminismo catalán de principios del siglo xx junto a Dolors Monserdà, con quien colaboró. También utilizó el seudónimo de «Joana Romeu”[3]. También como ilustradora, colabora con la revista Vértice (San Sebastián, 1937-Madrid, 1946), donde publica dibujos y reproducciones de alguna de sus obras al óleo. En 1940, ilustrará Princesas del martirio de Concha Espina (Gustavo Gili, Barcelona) y otros trabajos como La bien plantada de Eugenio D’Ors (Editorial Éxito, 1954). [1] Beatriz Caamaño Alegre: ««Ilustrando» a Rosario de Velasco: desarrollo de una estética», Hipertexto, 17 (2013) https://www.utrgv.edu/hipertexto/_files/documents/articles/hipertexto-17/beatriz-caamano.pdf [2] Cita en la cita de Caamaño: Torres Negrera, Gregorio. Introducción a Memorias de la melancolía. María Teresa León. Madrid: Castalia, 1998. 7-59. [3] Véase entrada en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Carmen_Karr
  • Amistades en el mundo de la cultura
    Durante su vida artística en su Madrid natal de preguerra, su actitud abierta e inquietud cultural hacen que se relacione con muchos de los creadores de su generación, en especial con el grupo de mujeres que ha venido a denominarse las Sin Sombrero, pintoras y escritoras (especialmente de la generación del 27) como Rosa Chacel o la propia María Teresa León, que, en su mayoría, se encuentran ideológicamente en las antípodas del conservadurismo de Rosario. Sobre esta amistad, escribe Caamaño: “Tanto Velasco como León se sumergen en la vida de la República, la primera exponiendo sus cuadros y la segunda publicando más relatos literarios. Como se ha visto, hasta 1930 ambas mujeres compartieron diversas preocupaciones e inquietudes. Provenientes de contextos familiares semejantes, una y otra sentían pasión por el arte y buscaban la mejora de la condición social de las clases desfavorecidas y de la mujer, denunciando las desigualdades económicas y de género. En los años treinta, sin embargo, los caminos de estas artistas se van a separar cuando escojan distintas ideologías a la hora de encauzar sus respectivos intereses políticos y personales. En conjunción con su pareja, Rafael Alberti, León va a abrazar el comunismo mientras que, por su parte, Velasco se afilia al falangismo. La Guerra Civil, con la radicalización ideológica que supuso, va a distanciar todavía más a estas colaboradoras y va a hacer posible que, al final de la contienda, la pintora se una a la escritora falangista Concha Espina en el proyecto propagandístico que encarna Princesas del martirio (1940).” Otras amigas de la época son Mercedes Noboa, Matilde Marquina, Concha Espina, y Lilí Álvarez, campeona de tenis con la que practica este deporte y a quien hace un fantástico retrato en los años treinta. Además del tenis, practicó el montañismo, el esquí y la escalada. También conducía y siempre fue una viajera empedernida. En estos años visitaría París, pero también Italia o Bélgica y realizaría un crucero por el Báltico junto a su amiga Matilde Marquina. De ese viaje, con parada en San Petersburgo (entonces Leningrado), rememoraría la impresión que le causaron las mujeres desempeñando duros trabajos que en España ejercían sólo los hombres. Con la llegada de la Segunda República en 1931, las formaciones de grupos y plataformas vanguardistas empiezan a proliferar en un ambiente renovador. A partir de ese año, la Sociedad de Artistas Ibéricos retoma su labor, y organiza varias exposiciones en España y en el extranjero. Son tiempos de crispación, radicalización y de debates encendidos sobre el papel que el arte debe jugar en la sociedad. El peso de la formación con Álvarez de Sotomayor marcó la obra de Rosario durante sus primeros pasos como pintora, en el dominio de la técnica y la temática costumbrista y en la forma y el estilo, pero la artista sabe que vive un momento que exige ir más allá de la tradición y abrazar, por lo menos en parte, las nuevas tendencias y vanguardias de las que las mujeres también pueden formar parte. Rosario, dice Victoria Combalía, “es un ejemplo magnífico del Retorno al Orden en España, un movimiento paralelo a la Nueva Objetividad alemana y al Novecento italiano”[1] o “los (pintores) italianos (que aparecían en la revista italiana) Valori Plastici”[2]. Rosario, de temperamento abierto y actitud inquieta, quiere competir como igual en un mundo mayoritariamente masculino, y repetía con frecuencia su máxima “donde llegó otro puedo llegar yo”[3]. Lo explica muy bien Vega Torres Sastrús: “Durante la Segunda República, algunas transformaciones sociales hicieron tambalear los pilares sobre los que se había construido la feminidad tradicional, entre otros, la piedad religiosa. Como resultado, muchas mujeres estaban en una situación fronteriza entre las posibilidades que les ofrecían los nuevos tiempos y unos roles de género decimonónicos aprendidos y que, además, continuaban constituyendo la normatividad en una sociedad que aún asimilaba los cambios. […] Una de las artistas de los años treinta que mejor supo oscilar entre la tradición y la modernidad fue Rosario de Velasco[4].” [1] Victoria Combalía, “Rosario de Velasco, la gran desconocida”, en El Ciervo, n.º 791, enero-febrero de 2022, pp. 32-33. [2] Paloma Esteban Leal, “Rosario de Velasco Belausteguigoitia”, entrada de la web de la Real Academia de la Historia. [3] Fornet 1934, op. cit. nota 2, s. p. [4] Torres Sastrús, Vega: Discreta modernidad. Pintoras de género religioso en la Segunda República. 2023.
  • Pintura mural
    FOTO 10 Además de sus obras más célebres, realizó varios murales en distintos lugares, como el Santuario de Nuestra Señora de las Nieves en Espinosa de los Monteros (Burgos, hacia 1937) (Ver imagen arriba en la que se aprecia a la pintora en plena tarea). Contaba Rosario que, al ser derruido este santuario al principio de la guerra, se ofreció a pintar el altar. Se conservan fotografías del mural en el altar. La intrépida pintora – seguía relatando– resistió a un frío que ni los locales podían soportar. También pintó murales en el Palacio de San Boal de Salamanca, en la iglesia de San Miguel de Vitoria (1941) y en el altar mayor de la Capilla de la residencia femenina Teresa de Cepeda en Madrid (1942), donde pinta una figura de la Virgen[1]. Estos murales sucumbieron al paso del tiempo (Rosario afirmaba que le hubiera gustado dominar la técnica del fresco). [1] Sobre estos murales: Gabriel García Ureña Portero: «La pintura mural y la ilustración como panacea de la nueva sociedad y sus mitos», en Antonio Bonet Correa, (coord.): Arte del Franquismo, Madrid, Cuadernos Arte Cátedra, 1981, pp.121–122. […] Otras veces lo religioso era aliado de lo sensiblero y sentimental, como muestra la decoración que Rosario de Velasco realizó, en 1942, en la capilla de la residencia de señoritas Teresa de Cepeda —que resultó tan «kitsch» como la educación que recibían las citadas señoritas— de la que la revista «Vértice», siempre atenta a estas actividades, [quien] comentaba: «Lo que sorprende en este nuevo templo es la forma delicada con que se ha resuelto el problema del espacio para dar como resultado el arte y la liturgia, la piedad y el buen gusto».
  • Temáticas recurrentes
    Las temáticas escogidas por Rosario, ya desde sus primeras obras, serán recurrentes a lo largo de toda su carrera. Son frecuentes las escenas costumbristas de pescadores o campesinos, los bodegones con figuras, personajes disfrazados, escenas de circo y grupos de mujeres. Pero los temas bíblicos son los más abundantes. Se muestran sobrios, secularizados o incluso “desacralizados”, como el propio Adán y Eva, vestidos como labradores, o maternidades y santos sin aureola o atributo religioso alguno. Entre los pasajes bíblicos favoritos de Rosario, reproducidos en un sinfín de ocasiones, están la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, el hijo pródigo, la casta Susana o diferentes episodios con el lago ‎Tiberíades como escenario. Profesaba una especial devoción por algunos santos, como san Rafael, a quien invocaba en los viajes: “¡Así como acompañaste al joven Tobías…!”, en lugar de invocar a san Cristóbal que, como san Jorge, decía que eran leyenda y no santos “como Dios manda”. San José y san Juan Bautista también le eran muy queridos, y este último ocupaba un lugar especial. Tanto es así que, en un viaje a Israel, al pasar junto al río Jordán (en pleno invierno) con un grupo de cónyuges de médicos que asistían a un congreso, Rosario les hizo detenerse brevemente para sumergirse en ropa interior, sin ningún pudor, en el río en el que Jesucristo fue bautizado.
  • Falangismo
    Dice Caamaño: “Aunque en 1928 ni Velasco ni León habían asumido todavía abiertamente un posicionamiento ideológico (de hecho, la Falange no se fundó hasta 1933), es de suponer que ambas sintieran ya una atracción por aquellas características o conductas que más tarde les ofrecerían los partidos políticos a los que se afiliarían. Sorprendentemente, tanto el falangismo como el comunismo ofrecían a las mujeres de la época nuevos modelos de feminidad que contenían elementos modernos. Ambos movimientos animaban a las mujeres a colaborar en sus proyectos ideológicos, si bien ello no implicaba que lo hicieron al mismo nivel que el hombre. La “dictadura del proletariado” no podría imponerse sin la ayuda de las trabajadoras, a las que se las exhortaba a unirse a la causa comunista”. Rosario, sobre su pertenencia a la Sección Femenina (S. F.), escribe: “Ingresé en la Falange a los pocos meses de fundarse [...] pues en aquel clima, el esfuerzo, el sacrificio y el peligro eran un goce. Podría escribir un libro de anécdotas divertidas y trágicas de mi actuación falangista.”[1] La posibilidad de participar activamente como mujer en un movimiento nuevo y para ella revolucionario, sin renunciar a su religiosidad, era vista por Rosario, probablemente, como una oportunidad. Algo que no hubiera sido posible abrazando el comunismo, como hizo su amiga María Teresa León. Rosario hablaba con frecuencia de su amistad con Pilar Primo de Rivera y del propio José Antonio, de quien aseguraba haber realizado la última foto en vida antes de su fusilamiento en Alicante. Esta militancia falangista la rememoraría Rosario mucho más tarde como un recuerdo lejano de juventud, que tuvo sentido mientras la Sección Femenina se mantuvo fiel a sus orígenes y no tras la apropiación franquista de la Falange y, con ella, de su Sección Femenina, tal como recuerda la hija de Rosario: “Mi madre reprochaba a Franco haber desvirtuado totalmente el falangismo. De hecho, consideraba a Franco un gobernante poco capacitado y torpe. Recuerdo que mi madre me enseñaba en unos cajones las camisas azules y boinas falangistas como algo del pasado y ya sin sentido”. Pese a esta militancia de juventud en la Sección Femenina o su religiosidad de misa diaria, Rosario era una mujer tolerante y abierta a la modernidad. Sí conservó durante toda su vida, en cambio, un sentimiento antinacionalista. En el manuscrito de Rosario, referenciado en este texto, dice: “Qué fácil es, como dice Spengler, que los nacionalismos se desarrollen rápidamente: tú eres más que los otros, tienes una gran superioridad sobre los demás. Y qué bien cuajan en una juventud exuberante esas ideas, que ya estaban calientes, en aquel grupo enorme de jóvenes que arremetían ya contra las ideas de lo que mi padre representaba, ya que era un militar y aunque no hubiese sido un militar, sino un paisano cualquiera que quisiese a España, a esta querida y maltratada España […] todo esto me ha hecho quererla aún más.”[2] [1] Bruno Benson, “Rosario de Velasco”, en Medina, 14 de febrero de 1943, s. p. [2] Rosario de Velasco en Manuscrito.
  • Guerra Civil
    No sorprende, por tanto, que, ya iniciada la guerra, su militancia falangista y entorno familiar la sitúen apoyando a los sublevados desde un primer momento. Hay diferentes versiones sobre un incidente que la haría huir de Madrid. Rosario escuchó desde su casa en Guzmán el Bueno a unas monjas siendo increpadas en la calle. Se asomó al balcón y, para ahuyentar a los agresores, lanzó bombillas a la calle y consiguió que desistieran de su acoso a las religiosas. No está claro si por este episodio o algún otro, o bien por su pertenencia a la Sección Femenina, Rosario al parecer fue denunciada por la portera de su vivienda. Miembros de las FAI (Federación Anarquista Ibérica) acuden a detenerla, pero finalmente no lo hacen, dado que, según cuenta su sobrina Beatriz, su simpatía y facilidad de palabra los convencieron.[1] Este incidente, además de su militancia, la hacen salir de Madrid. Rosario viaja primero a Valencia, a casa de su hermano Luis, pero, al ser advertida de que también corría peligro allí, viaja a Sant Andreu de Llavaneres (Barcelona), donde aprovecha para terminar unos retratos en casa del matrimonio formado por Gustavo Gili, editor catalán, y su esposa Ana María Torra. Conoce allí a Javier Farrerons Co[2] (Barcelona, 29 de junio de 1906-Sitges, 22 de mayo de 2000), hijo del también médico Javier Farrerons Reñé, que se había licenciado en junio de 1930 en la Facultad de Medicina de Barcelona. Durante este viaje a Cataluña, Rosario es, según parece, detenida por ser falangista y llevada presa a la Cárcel Modelo de Barcelona, donde se la condena a muerte con celeridad. Javier mueve cielo y tierra y recurre a un médico conocido de esa cárcel, el doctor Sala, para lograr liberar a Rosario escondida en un carro y salvarle la vida. Esta experiencia la relataba Rosario con gran tristeza, ya que su compañera de celda sí fue fusilada. Rosario vio que también en Barcelona corría peligro, por lo que tomó la decisión junto a Javier de salir de la zona republicana por Francia. Antes, se casan en la Capilla de los Franceses en Barcelona el 26 de diciembre de 1936. Siempre solía recordar que la boda se celebró de forma casi clandestina y que el sacerdote que oficiaba la boda iba “disfrazado de extranjero”. En su huida, los acompañan el matrimonio Gili-Torra con su hijo de cuatro años. Los cinco abandonan la Ciudad Condal hacia Francia por la frontera catalana para entrar de nuevo en España por la zona sublevada. Se instalan en Espinosa de los Monteros, en concreto en la pedanía de Las Machorras, al norte de la provincia de Burgos y colindante con Cantabria y el País Vasco, en plena Pasieguería. Eligieron esta localidad ya que a Burgos se había trasladado desde Madrid parte de la familia de Rosario (sus padres, su hermana Lola y sobrinos), puesto que Salvio Alonso, el marido militar de Lola, estaba destinado allí. Ya en marzo de 1938, Rosario da a luz en una clínica de San Sebastián a su única hija, María del Mar, que será apadrinada por el matrimonio Gili-Torra. María del Mar Farrerons de Velasco será también médica alergóloga como su padre. Actualmente, reside en Barcelona. Javier fue nombrado médico titular interino de Espinosa de los Monteros, donde ejercerá hasta el final de la guerra. Allí, como he comentado, en el Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, Rosario se ofrece a pintar gratuitamente (en pleno invierno) un mural (que ya no se conserva), para cuya realización tuvo que soportar temperaturas gélidas. No puedo dejar de incluir una anécdota legendaria en mi familia a propósito de esta travesía de Barcelona a Espinosa de los Monteros. Antes de salir de Barcelona, Javier y Rosario dejan a su querido perro Skipi, un setter, en manos de unos buenos amigos (el matrimonio Jaume Gibert y Montserrat Giró) en Vilanova i la Geltrú, pues llevarlo con ellos hubiera sido muy complicado. Tras dos años en Las Machorras, un día en el que mi abuelo Javier fumaba durante un descanso en la carretera, vio a lo lejos acercarse a su querido Skipi, que se le abalanzó manchándole la camisa de la sangre en sus patas, pues había recorrido cientos de kilómetros durante todo ese tiempo buscando a sus dueños. La noticia, por inaudita, apareció publicada en la prensa de la época. Fernando Iwasaki se refirió a este episodio en un artículo en El País[3]. De esta época en Espinosa de los Monteros conservo en mi casa un óleo de un paisaje de la zona titulado Campos de heno. VER FOTO 12 No recuerdo a Rosario hablar mucho de la Guerra Civil ni de sus momentos en Espinosa de los Monteros. Siempre que surgía el tema (algo poco frecuente), nos recordaba a sus nietos las dificultades y el hambre que sufrieron y los horrores en ambos bandos. Recuerdo también que, en más de una ocasión, al pasar por delante de la comisaría de la Via Laietana de Barcelona, próxima a mi colegio, Rosario me repetía al oído: “Aquí siguen matando gente”. [1] Beatriz Alonso de Velasco, “Manuscrito sobre la vida de Rosario de Velasco”, febrero de 1991. [2] Véase perfil biográfico: https://www.galeriametges.cat/galeria-fotografies.php?icod=EKHK#PrettyPhoto[gallery]/5/ [3] Fernando Iwasaki, “Esas mascotas eternas”, en El País, 19 de abril de 2018.
  • 1939-1960 Barcelona
    Primeros años en Barcelona, vuelta a empezar Rosario se instala en Barcelona tras la guerra junto a su marido Javier y su hija María del Mar, primero en un piso en la calle Balmes, 341, y luego en un piso en la calle Consell de Cent, 343, en plena “manzana de la discordia” del Eixample. Este piso hacía las veces de vivienda y de consulta médica. Cuando María del Mar cumple diez años, trasladan su residencia a la calle Diputació, 306, y el anterior pasa a dedicarse enteramente a consulta de Javier, que la alternaría con su trabajo en el Hospital Clínic de Barcelona. La llegada de Rosario a Barcelona se produce en un momento de desolación en el mundo cultural catalán derrotado por el franquismo. El catalanismo había desaparecido de la primera línea y muchos de los catalanistas, sobre todo los de la alta burguesía, se habían “amoldado” a la nueva situación con sorprendente facilidad, como cuenta Javier Pérez Andújar en su novela Catalanes todos[1]. La escena cultural barcelonesa difería de la madrileña, lo que supuso, en parte, una vuelta a empezar para Rosario, cuya fama en la capital apenas había llegado a Barcelona. Sobre el mundo artístico de Barcelona en estos años, escribe Cristina Zabala: “¿Qué tipo de arte se realizaba entonces?. Centrándonos en la pintura, que fue la disciplina artística más desarrollada, podemos decir que hasta 1948, año en el que se mostraron al público obras de artistas jóvenes que retomaban la tradición de las vanguardias pictóricas surgidas en los años 20 y 30, era totalmente académica, realista y tradicional, y se volcaba casi exclusivamente en los paisajes. Un alto porcentaje[2] de obras expuestas en las galerías de arte de Barcelona durante las temporadas artísticas de 1939 a 1950 eran paisajes. En ellos, los artistas plasmaban el amor a la tierra Patria que propugnaba el nuevo Régimen, y evitaban así cualquier tipo de problema con el poder imperante. Bodegones, figuras, flores, marinas, pinturas religiosas y retratos de las damas y de los caballeros de la burguesía (cuadros de salón para mostrar a sus amigos y familiares) configuran los temas comunes en estos años de una pintura que tenía que hacerse eco de la exaltación de la Hispanidad y de los principios católicos que respaldaba el franquismo"[3]. En este contexto, en sus primeros años en la ciudad Rosario de Velasco no se encontrará cómoda o acogida como igual, pese a sus numerosas exposiciones y las buenas críticas recibidas. Pasarán años hasta que por fin admita que sus mejores amigos son catalanes. A la pregunta en una entrevista de su amiga y crítica de arte Mercedes de Prat sobre si una parte de ella se había quedado en Madrid en 1936, Rosario contestaba “pues es verdad porque fue un cambio brutal para mí”[4]. Pero no olvidemos que su esposo Javier era de Barcelona y participaba muy activamente de la vida cultural catalana; era socio del Ateneo de Barcelona y tenía amistades en el mundo de la cultura barcelonesa que, en gran medida, eran también amigos de Rosario. Además del ya citado matrimonio del editor Gustavo Gili y Ana María Torra, Rosario pudo encontrar en Barcelona un entorno culto y unas amistades receptivas. Pronto volvió a ser pintora, y la notoriedad de su etapa en Madrid le sirvió para que las galerías más prestigiosas de Barcelona le abrieran sus puertas, aunque su primera exposición tras la guerra en 1939 fue en Valencia, en la Exposición Nacional de Pintura y Escultura organizada por la Delegación Provincial de Bellas Artes de la Falange Española, en la que presenta los dos retratos de sus padres "Mi madre", "Mi padre" y "Niños del pueblo". En esta exposición “predominaba una representación de artistas consagrados (Zuloaga, Chicharro, Benedito, Mir, Hermoso, Ramón de Zubiaurre, Vázquez Diaz), junto a otros más jóvenes (Togores, Aguiar, Vila Arrufat, Frau, Genaro Lahuerta, Pedro de Valencia). La posguerra, queda patente, fue una época muy activa para ella. Pronto reanudó su asistencia a las nacionales: presentó en 1941 Mujer con hortalizas, y concurrió a la de 1945 con La Visitación. No obtuvo recompensas, pero es sintomático que fuera requerida en otro tipo de convocatorias: (Es) seleccionada para la Bienal de Venecia de 1942". Ya en 1942, inaugura su primera exposición individual en Barcelona en las Galerías Augusta, a la que seguirán en los siguientes años Syra, en los bajos de la Casa Batlló de Gaudí (la galería de su amiga Montserrat Isern Rabascall), Casa del Libro, Pictoria, Argos, San Jorge, Gaspar, Parés y otras. También seguirá exponiendo en Madrid, con menor frecuencia, con participaciones en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1941, en el II Salón de los Once en 1944 y en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1954, o con exposiciones en las galerías Toisón (1956) y Biosca (1951 y 1971). Si el lector está interesado en más detalles sobre estas exposiciones, puede encontrar el listado completo y actualizado en la sección “exposiciones” de esta página web, que se procura actualizar regularmente incorporando detalles según van apareciendo. En el caso de las exposiciones colectivas, también se intenta indicar con qué obras participó. En Barcelona, vemos que Rosario inicia una evolución creativa, en que va abandonando las figuras y formas más académicas de su etapa madrileña para jugar con el color y, sobre todo, con las texturas, o como ella decía, con “las calidades”. Su actitud sigue siendo la de una mujer de carácter: participa en tertulias artísticas, asiste a inauguraciones de exposiciones y no duda en dar su opinión de forma vehemente y, desde luego, tan feminista como en su juventud, en la medida en que su religiosidad se lo permitía. Creía en la igualdad de oportunidades y criticaba el machismo enérgicamente. Joan Teixidor escribe en Destino: “Cuando Rosario de Velasco nos cuenta el continuo enfado que representa el prejuicio corriente sobre las mujeres que pintan, obligándola a una explicación continua para que no se confunda su afición con cierto gusto para las labores o la cocina, ya se aclara el inicial sentido de una vocación que no fue nunca el cultivo más o menos afortunado de una habilidad ponderada por las amistades”[5]. En Barcelona, Eugenio D’Ors fue un gran amigo de Rosario y de su esposo Javier, del cual se conserva un nutrido intercambio epistolar: en catalán, con Javier, y en castellano, con Rosario. Coincidían en los descansos veraniegos y de fines de semana en Vilanova i la Geltrú, donde D’Ors vivía en la antigua ermita de San Cristóbal, transformada en residencia, y Rosario y Javier tenían una casa y luego un apartamento. “En 1941, Eugenio D’Ors funda en Vilanova una de sus iniciativas culturales, la Academia del Faro de San Cristóbal, de la que formarán parte Rosario y Javier y ‘cuyo campo de trabajo fue la síntesis de la cultura a través de la investigación de las interrelaciones entre los diversos campos de la actividad’”[6]. También participarán en las tertulias del Trascacho en Barcelona, “donde se reunían gentes de todas las disciplinas, pertenecientes al mundillo social, literario o artístico de la época, tenía su sede en los sótanos de una casa-palacio situada en el número 1 de la calle de Montcada. [Y su lema era] ‘Vino y verdad, sin aguar’”[7]. Además de D’Ors y Nucella (Josefa Fernández Castillejo), en Vilanova tienen entre sus amistades al matrimonio Gibert-Giró, Dámaso Rabanal y su esposa Celia Boldeón, y en la masía El Mironet, a Juan Comas Valls y su esposa María Josefa Viñamata, jefa de la Sección Femenina en Barcelona. Vemos en obras de esta época algún lienzo de Rosario en su casita de Vilanova. Pertenecen también a esta etapa pinturas con el mar como protagonista y con motivos marinos, que empiezan a ser comunes en la obra de Rosario: barcas, pescadores (normalmente trasladados al lago Tiberíades), o vistas del mar desde la ventana. A esta casa en Vilanova le sucederán en 1952 dos casitas de pescadores en Sitges, en el Passeig de la Ribera 38 y 39, que se unirían más tarde en una sola vivienda. Además de los ya citados, su círculo de amigos incluye a Cesáreo Rodríguez de Aguilera y, especialmente, a su mujer Mercedes de Prat, ambos críticos de arte. Mercedes de Prat es quizás a la que más recuerdo por sus frecuentes visitas al piso de la calle Diputació y las conversaciones con mi abuela, llenas de mordacidad y carcajadas. De este círculo de amigos formaban también parte Conrado Savater, Ignacio Agustí, Dionisio Ridruejo, Carmen Conde o Elisabeth Mulder, escritora para la que además de un retrato realizó los decorados de una obra teatral. También Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo, Guillermo Díaz-Plaja, Mauricio Torra-Balari o María Luz Morales. Entre los pintores, Rosario también entablará amistad en esta época con Pere Pruna, Josep María Serrano, Rafael Zabaleta o Alfred Sisquella y su esposa. En 1946, Javier recibe una beca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para ampliar sus estudios en Nueva York. Rosario se une a él poco después, y deja a su hija María del Mar interna en el Colegio de la Asunción en Barcelona. Durante esta estancia, el matrimonio viajará por Estados Unidos y Rosario aprenderá inglés “de oído”, lo que le permite pronunciarlo con mucha soltura a su regreso. [1] Javier Pérez Andújar, Catalanes todos, Barcelona, Tusquets, 2014. [2] Citado por Zabala. Véase cita siguiente: “El número de cuadros expuestos durante nueve meses (temporada anterior 1941-42) en nuestra ciudad (Barcelona) se elevó a la suma de nueve mil doscientos cuarenta y dos, la mayoría de ellos -paisajes-…. Siendo el número de paisajes que se exhibieron de seis mil trescientos treinta y ocho, cantidad exorbitante si se compara con los cuadros de figura, que fue de mil ochocientos cincuenta y siete, y con las pinturas de flores, de caza muerta, de frutos de la tierra y de batería de cocina, reducidas a novecientas cincuenta y cinco.” Bosch, Juan Francisco. El año artístico barcelonés. Itinerario de las exposiciones. Gráfica Industrial, Barcelona. Temporada 1942-43.” La estadística y el paisaje”. [3] Cristina Zabala Adrada: Las galerías de arte de Barcelona en los años 40. 2009. https://cristinazabalaadrada.wordpress.com/wp-content/uploads/2015/05/las-galerc3adas-de-arte-de-barcelona-en-los-ac3b1os-402.pdf [4] Mercedes de Prat, “Rosario de Velasco. Pintora clásica e intimista (1904-1991)”, en Batik n.º 109, año 19, julio de 1991, pp. 32-33. [5] Joan Teixidor, “En el taller de los artistas… con Rosario de Velasco”, en Destino, n.º 168, 5 de octubre 1940, p. 11. [6] Guillermo Díaz-Plaja, “Eugenio d’Ors y las Academias”, en Boletín de la Real Academia Española tomo 62, cuaderno 226, 1982, pp. 231-244. [7] Raquel Velázquez Velázquez, “La Barcelona de César González-Ruano”, en Cuadernos Hispanoamericanos, 1 de julio de 2018, disponible en la web de Cuadernos Hispanoamericanos.
  • 1960-1980 Barcelona, Madurez pictórica
    A partir de los años sesenta, su estilo se vuelve cada vez más personal y libre. Ya en los setenta, su técnica habitual, el óleo sobre lienzo, poco a poco dará paso al óleo sobre papel, en el que desarrollará de forma aún más personal su obra de la última etapa. El mar y la luz mediterránea cobrarán también un gran protagonismo. Con su obra La casa roja (1968) gana el Premio Sant Jordi, compartido con Ignasi Mundó. Sobre esta etapa creativa, escribe Alcaine: “En su obra madura fue deshaciéndose, al menos parcialmente, el componente clasicista que la caracterizó y mediante una amplia temática en la que menudea el paisaje de diversa índole, la marina (Barcas), el retrato (Mercedes Rodríguez Aguilera) o el bodegón (Bodegón con figura) hallamos un nuevo tratamiento plástico, una nueva poética ahora de indefinidos perfiles que siempre dentro de la figuración puede ironizar sobre el mito (Las Tres Gracias, Venus de merienda), exhibir rostros de naturaleza expresionista (Grupo de cazadores) o bañar las escenas en una atmósfera surreal (Los sombreros).” Con motivo de una exposición individual que celebró la Galería Biosca en 1971, Rodríguez Aguilera hablaba de ella en los siguientes términos: “Tu obra de ahora ya no es aquella obra inicial, sino algo más reposado, más maduro, más denso, más pro­pio de las paredes de las viejas casas señoriales o de los museos antiguos. El mundo de tus referencias puede ser el mismo: los objetos familiares o interiores de un bodegón, el paisaje que especialmente nos ha sorprendido, el retrato, el cazador, el pastor, una manada de cabras... Pero ahora todo está visto y traducido de otro modo. Ahora todo surge de unos espacios plásticamente tratados de manera minuciosa y reposada. Todo se asienta con una vitalidad que parece más duradera. Hay una luz brumosa, en cierto modo mágica, que lo envuelve todo”.[1] Seguirá haciendo retratos por encargo, una tarea que realizó sin la pasión y empeño que confería al resto de su obra, salvo los retratos a su hija y otros como los excepcionales de su hermano Luis o de Lili Álvarez. Le resultaba tedioso pintar manos y pequeños detalles. Cuando la veíamos pintar, empezaba a trabajar la base del lienzo o papel sin saber cuál sería el resultado final. Lo apartaba un tiempo y volvía, hasta que aparecían figuras o formas y la obra tomaba cuerpo. Era un proceso totalmente improvisado, a diferencia de sus obras de épocas anteriores, más académicas. En una entrevista en 1967 le preguntan: “¿Qué es lo que más le preocupa de su obra?”, a lo que contesta: “La materia, la calidad pictórica.” “¿Pinta usted sobre una idea premeditada?”, “No, las ideas surgen del subconsciente la mayor parte de las veces. Y mi subconsciente puede más que yo. [...] No tengo método para trabajar, ni siquiera para calcular lo que tardo en realizar una obra, surge en un momento o en varios días indistintamente”[2]. En Barcelona, Rosario siguió siendo deportista. El tenis dio paso al golf, al que jugaba con su marido Javier, primero en el Prat, luego en Sant Cugat y, finalmente, en Sitges. Pero lo que realmente apasionaba a Rosario era caminar por la montaña, afición que compartía con su marido, socio del Centre Excursionista de Catalunya. [1] Cesáreo Rodríguez Aguilera, Catálogo de la exposición Rosario de Velasco, Madrid, Galería Biosca, del 11 al 30 de enero, 1971, s/p. [2] María Dolores Muñoz, “Rosario de Velasco. La inspiración está en uno mismo”, entrevista en la sección “La mujer y su obra”, en Diario de Barcelona, 16 de mayo de 1967, p. 22.
  • Rosario en familia, carácter e influencias, religión.
    Mis abuelos dormían en habitaciones separadas, muy separadas. Al preguntarle el motivo, mi abuela aducía que no podían dormir por los ronquidos mutuos. Esa parte, desde luego, era cierta: nunca oí mayor estruendo. Tal vez, como diría Eduardo Mendoza, solo los camiones de la basura de Barcelona retronaban más en su evocación del big bang. El matrimonio tenía una relación cordial, pero lejana a la idea que se pueda tener de un matrimonio cariñoso en que se desvive el uno por el otro. Sí viajaban juntos, y Rosario disfrutaba de esos viajes, en especial a lugares exóticos a los que se desplazaban en muchas ocasiones para asistir a congresos de medicina en los que participaba Javier. Recuerdo especialmente lo entusiasmada que volvió de Israel, de Angola, de Egipto y, sobre todo, de Japón, de donde Rosario trajo una kenzan[1] para hacer ikebana –a su manera– y un sinfín de historias y regalos increíbles que sembraron en el que suscribe un incipiente interés por ese país, en el que he podido vivir once años de mi vida. Además de los viajes a congresos, Rosario nos invitaba en ocasiones a nosotros sus nietos a viajar con ella; en mi caso, recuerdo un viaje a Grecia unas navidades junto a mi abuelo, en que visitamos Atenas, el Peloponeso y Creta. Ver con ella lugares como el teatro de Epidauro o Micenas era todo un deleite. Con mis hermanas viajó, por ejemplo, a Turquía o Bulgaria. Muchos preguntaban y recomendaban a Rosario las ventajas de tener un marchante profesional, ya que no era ordenada en los negocios y carecía de espíritu comercial. Su motivación artística era la pasión por la pintura y, sabedora de que sus obras se vendían con relativa facilidad, no daba mayor importancia a tener o no un representante, si bien sí reconocía ocasionalmente: “Tengo que buscarme un marchante”. En parte, su prioridad por la familia la lleva en ocasiones a interrumpir su carrera. Su única hija, María del Mar, se casa en 1958 y, desde ese momento, Rosario se vuelca en ayudarla y ampararla. María del Mar alternó los estudios en la universidad con el nacimiento de sus primeros 5 hijos (Amaya, Belén, Marvi, Víctor –el que suscribe–, y Sol) de su primer marido, también médico. Las dos hijas mayores, Amaya y Belén, vivieron los primeros años del matrimonio con Rosario y Javier, mientras María del Mar terminaba la carrera de medicina y su marido ejercía como médico rural en diferentes localidades, actividad que ella también compartiría al licenciarse. Javier y, más a menudo, Rosario, nos venían a ver con bastante frecuencia. Ella era siempre una ayuda para mi madre y una alegría para los nietos. El matrimonio de María del Mar llegó a su fin en los años setenta, por lo que ella se traslada con sus hijos a la residencia de sus padres en Barcelona. Imaginemos lo que pudo suponer en ese momento en la vida de Rosario, quien vivía cómodamente en un gran piso con su marido y su pintura, la invasión de cinco nietos y una hija. A los nietos les brindó estabilidad y el amor de una abuela que ejercía de segunda madre y a la que todos adorábamos, pero para la carrera de Rosario supuso una ralentización de su actividad profesional. Rosario no era, en absoluto, una abuela convencional. Por una parte, como ya he mencionado anteriormente, no quería que la llamáramos abuela. Su edad siempre fue un enigma, y amparándose en que su documentación se había quemado durante la guerra solía quitarse, digamos, unos diez años. Era una mujer muy fotogénica, sabía posar y su aspecto le preocupaba. Asistía con regularidad a su esteticista, Cati, a la que acompañamos sus nietos frecuentemente en el camino de regreso de su estudio en Barcelona. También su modista, sus postizos y sus sombreros, la convertían en una mujer que no pasaba desapercibida, nada que ver con las abuelas que yo conocía. La recuerdo poniéndose rodajas de pepino en la cara, “fenomenal para el cutis”, decía, o miel u otros ungüentos naturales. Eso sí, al llegar a casa le daba todo igual. Una de las facetas más divertidas de Rosario era su afición al disfraz. En una ocasión, tras la Segunda Guerra Mundial, la llevó al extremo de presentarse sin previo aviso en casa de unos amigos disfrazada de refugiado de Europa del Este. Con un atuendo andrajoso y dentadura postiza y con relleno de migas de pan para engordar las mejillas, llamó a la puerta y, al abrirle su amiga –que, estupefacta, no la reconoció, pues además fingió un complicado acento–, le dijo que venía de parte de unos amigos comunes con la promesa de que en esa casa le darían cobijo. Todo acabó en carcajadas. También recordamos sus nietos cómo se disfrazaba de fantasma y, con arrastre de cadenas incluido y con voz de ultratumba, se acercaba a nuestras camas gritando: “Marieta, Marieta, dame los higadillos que quitaste de la sepultura”. Los nietos de la pintora éramos bien conscientes de la herencia religiosa que Rosario había recibido de su madre. Nos hacía cumplir los mandatos a rajatabla, como la importancia de asistir a las misas preceptivas sin saltarse ni una, los oficios de Semana Santa (no tanto las procesiones, que el padre de Rosario llamaba “juergas místicas”), o cuando nos congregaba en torno a la chimenea cada día del mes de mayo para rezar y cantar en el mes de María “venid y vamos todos, con flores a María” entre otras. También mi abuela aprovechaba los viajes en coche para liderar un rosario y letanías (en latín) que aligeraba con algunos cánticos, a tres voces. Rosario se propuso inculcar en sus nietos la religiosidad tal como ella la entendía, en especial centrándose en el perdón y el agradecimiento. Era Rosario una mujer muy educada, pero en algunas ocasiones podía ser muy malhablada en un modo divertido e ingenioso, y prorrumpía barbaridades que escandalizaban a los presentes. Recuerdo avergonzado cómo, al ver a una pareja por la calle en actitud “demasiado cariñosa”, se giraba y les gritaba: “¡A la fonda!”. [1] Un kenzan es una pieza plana de plomo con decenas de pinchos de bronce para fijar las flores, hojas o ramas en el arte del arreglo floral japonés denominado ikebana. --- Yo era el único de los nietos que comía a diario en casa, dado que mis hermanas lo hacían en el colegio, y ello me permitía ser testigo de las conversaciones de mi abuela, siempre divertidas. Si alguien era demasiado pesimista le espetaba comentarios del tipo: “pues si estás en ese plan, cómprate ya un ataúd y lo pones en la entrada de casa”. En muchas ocasiones, me venía a recoger al colegio de los jesuitas de la calle Caspe y, aprovechando el viaje, oía misa. Lo que me resultaba más heterodoxo era que escuchaba el final de una misa y el principio de la siguiente, como si de una sesión continua de un cine de barrio se tratara. A mí me tocaba acompañarla en la segunda mitad, y siempre recordaré que, al llegar el momento de arrodillarse, me decía al oído más fuerte de lo que yo hubiera preferido: “tienes que rezar por tu madre y por tu padre, por tus hermanas, perdonar, perdonar”. Quería asegurarse de que no guardáramos rencor a mi padre, a pesar de que ella le dedicaba algunos de sus mejores improperios. También era característico cómo cantaba a pleno pulmón en las misas, provocando momentos de sonrojo en sus nietos. Hacia el año 1980, cerró su estudio y empezó a trabajar en la luminosa galería del piso de la calle Diputació, lo que nos permitió disfrutar viéndola pintar. Una galería llena de plantas en la que se desparramaban bocetos, paletas con óleos, láminas de frescos pompeyanos y un suave olor a aceite de linaza. Coincidió este cambio de estudio en el tiempo con la segunda boda de mi madre y dos hermanos se añadirían a la familia, Aldo y Pablo. Recuerdo los paseos con mi abuela, como también los recuerdan mis hermanos, cogidos de la mano y acercándose al oído para decirme: “¡Mira ese árbol! ¡Qué bonito, es un tilo, mira esos colores del cielo, y mira esas flores!”, o, por el contrario, “¡mira ese cuadro tan horroroso!” cuando pasábamos por un escaparate de las galerías de arte de Consell de Cent y algo no le gustaba. Eran muchos los pintores a los que admiraba, muy especialmente a Giotto, Masaccio, Piero della Francesca o Mantegna. Cuando pintaba, tenía a veces recortes de imágenes de los frescos pompeyanos para inspirarse en esos colores y texturas terrosas. Admiraba a Durero, Velázquez, Goya, Turner, De Chirico, Braque, al primer Antoni Tàpies, y afirmaba: “Todos le debemos algo a Picasso; él ha sido el puentecito por donde hemos pasado a lo nuevo”[1]. Vi muchas exposiciones con ella, recuerdo cómo le gustó una de Miquel Barceló en el Palacio de Velázquez en Madrid en 1985, de la que le llamaron mucho la atención sus texturas. A los nietos nos animaba a dibujar o pintar, insistiendo mucho en que no copiáramos, que fuéramos originales. Siempre pendiente de los colores y la armonía, más que de la forma. Todo ello creó en nosotros un interés por la pintura, en especial en mi hermana Marvi, que se ha convertido en una excelente pintora profesional. Pese a este rechazo a la copia, sí recuerdo que en el piso de Diputació sorprendía una espléndida y enorme copia del paisaje de Rubens Regreso de la cosecha[2]. Mi madre me recuerda que lo pintó copiándolo de una pequeña estampa en un libro de arte que estaba en casa. Una de las personas más queridas de Rosario fue su sobrina Beatriz, hija de su hermana Lola. Al ser su primera sobrina, antes de nacer su propia hija, Rosario la quiso toda su vida como si fuera suya. De hecho, Beatriz, que aparece en algunas obras de Rosario, escribió asimismo muchos recuerdos en un divertido manuscrito[3]. También su sobrina Mavi tuvo una relación estrecha con mi abuela, y su cuñada y amiga, Antoñita (Antonia Ruiz Nuevo), quien aparece en varios lienzos de Rosario. Antoñita estaba casada con Ramón Farrerons Co, hermano del marido de Rosario. Ambos vivían en Madrid y solían pasar parte del verano en la casa familiar de la pintora en Sitges, donde fue pintado el lienzo “Antoñita cosiendo con la gata Canilla” (Sitges, Barcelona. 1950). En esta obra, vemos el azul de las paredes, presente en muchas casas de la villa y conocido como “azul Sitges”. Este azul se obtiene con la aplicación del azulete (utilizado para blanquear la ropa blanca) sobre las paredes. En el lienzo aparece también la famosa gata Canilla, muestra del amor de Rosario por los animales en general y por los gatos en particular. Antoñita y Rosario se lo pasaban en grande juntas. Les encantaba la playa, a la que iban con unos bañadores algo extremados para la época, unas prendas que siguieron luciendo cuando ya era ampliamente octogenarias. Sobre esta ausencia de pudor, Beatriz, sobrina de Rosario y residente en Valladolid en un ambiente muy conservador, describe en su manuscrito una anécdota impagable. Rosario ya era mucho más moderna que el resto de su familia cuando vivía en Madrid, pero en Barcelona se modernizó aún más. El caso es que Beatriz, con 16 años de edad, fue a pasar unos días a Vilanova y apareció en la playa con un traje de baño que a mi abuela Rosario le pareció un hábito monjil. En días subsiguientes, Rosario sacaba en la playa unas tijeras enormes y le iba recortando a su sobrina el bañador, cada día un poco más. De esta falta de pudor de Rosario en lo que al cuerpo humano se refiere, cualquiera de mis hermanas corroborará que, si veía que alguno de nosotros se duchaba con la puerta del baño cerrada, la aporreaba y vociferaba, “¿¡pero es que acaso tenéis un cuerno saliendo de la barriga que yo no pueda ver!?”. Tanto ella como mi abuelo eran grandes lectores. Rosario admiraba la cultura y lengua francesas, aprendidas de las monjas de Madrid. Entre sus libros favoritos figuraban En busca del tiempo perdido y copias en francés del Ulises o Una grulla en la taza de té de Kawabata, libros que recuerdo en su mesilla de noche. Era también admiradora de Rilke, Kafka, Selma Lagerlöf o Thomas Mann. En el piso de la calle Diputació se escuchaba de forma habitual música (clásica normalmente) proveniente de un tocadiscos que manejaba mi abuelo, excepto cuando él no estaba y podíamos usarlo los nietos. No recuerdo que Rosario pusiera la radio o el tocadiscos para escuchar música, pero disfrutaba mucho de la música clásica que la acompañaba también al pintar. En especial, tengo grabados en la memoria los meses de agosto en los que íbamos a Loarre (Huesca), donde mis abuelos tenían una casa con jardín. Allí, Rosario pintaba a diario, sin tregua, tras su rutina matutina de largos paseos por la montaña, incluyendo, en muchas ocasiones, un chapuzón en alguna poza helada, tal como hacía su hermano Luis, o conversaciones con el pastor, el panadero o el alguacil. Al volver a casa, separada del jardín por una larga cuesta que da entrada a la plaza del pueblo, la ¿asistenta? le tenía preparado un contundente desayuno —pan frito y café con leche— y después se trasladaba a pintar al jardín. Allí, mientras pintaba, mi abuelo Javier leía, estudiaba o escribía alguno de sus artículos científicos. Sonaba siempre música clásica de emisoras extranjeras (creo recordar que alemanas) en una radio ubicada entre la pintora y el médico. Cada vez que escucho algún concierto para piano de Mozart me vienen a la memoria esos interminables agostos en que nosotros los nietos (sobre todo los dos más pequeños por aquel entonces, Sol y yo) jugábamos en su compañía. De esos veranos en Loarre hay bastantes obras de Rosario. Elementos del mobiliario del jardín, como sillas de director de cine de madera roja y tela verde o una mesa redonda metálica blanca, aparecen después en sus óleos, en los que hojas de árboles y otras plantas de ese jardín se incorporaban como impresiones o esgrafiados. El jardín estaba bastante asilvestrado y sus arbustos y árboles eran un buen escenario para obras en las que aparecían personajes escondidos entre la maleza, como algunas de las diferentes versiones dedicadas a la casta Susana siendo observada. Mi abuela nos inculcó el amor por la montaña y por los paseos en la naturaleza. Sus excursiones eran a paso ligero, siempre comentando el color de una flor, el tono del cielo, el ruido de los cencerros del ganado o el mugido de una vaca. Y si el perro de un pastor se acercaba, se convertía en la estrella. Su amor por los animales era enorme, siempre tuvo gatos o perros. En muchas de sus obras podemos ver alguna de sus mascotas, como el famoso perro Skipi o la siamesa Canilla. Quizás la que más tiempo le acompañó fue la teckel Chispa, una perra gruñona. También en Sitges aprovechaba las sobras de la comida para llevarlas a los gatos de los espigones de la playa. Sobre su amor por los animales, y volviendo al manuscrito de Rosario en el que describía su casa con balcones al Paseo del Pintor Rosales, ella misma decía: “Cuando llegaba el invierno veíamos los primeros trenes con los techos blancos de la nieve que llegaban de su paso por la sierra. Y a veces, en días de viento y tormenta, llegaba un fuerte olor a jara. Se olía cuando aquellos carretones enormes tirados por dos bueyes y colmados de jara iban por las calles para dejarlos en las tahonas. [...] El carro, que era de madera, crujía, y los bueyes se esforzaban cuando surgía alguna cuesta. El carretero se exclamaba y colocado delante de los bueyes les gritaba y empujaba con un largo palo. Palo que con gran pena mía supe que llevaba un clavillo puntiagudo con el que les pinchaba para azuzarles. Si no hubiera querido tanto a los animales, quizás mi infancia hubiese sido aún más feliz de lo que fue”[4]. 1 El cine le fascinaba. Preguntada en una entrevista en 1943 sobre si existía otro arte por el que experimentara admiración, Rosario contestó: “Preferiría escribir a pintar y, sobre todo, poder escribir comedias. ¡Pero cuidado, porque esa palabra ha perdido su verdadero sentido y suena a astracanada! Me gustaría mucho dirigir cine, pero me asusta, pues tendría que salir de la órbita de la vida aislada y concentrada, a la que cada día me entrego más”. Sin embargo, Rosario rodó muchos metros de película con una cámara comprada en Estados Unidos de la que se conservan algunas muestras en las que puede verse su curiosidad y creatividad. No era raro verla haciendo tomas de escenas familiares, paseos por el campo o imágenes de la ciudad. Me llevaba al cine con frecuencia. Íbamos por la tarde entre semana al cercano cine Capsa, en la calle Aragó, que proyectaba lo que entonces se llamaban películas de arte y ensayo. Recuerdo en especial algunas de Bergman, Kurosawa o Fellini. También recuerdo, sorprendido, que me recomendó Sebastiane (1976), de Dereck Jarman. En estas películas, lo que ella destacaba más era sin duda la factura artística, los colores, la luz, el vestuario. También la recuerdo evocando momentos de una u otra película del cine clásico, en especial las de Bette Davis o Katherine Hepburn, cuyos personajes y personalidad siempre me han recordado a mi abuela. Le encantaba Visconti y de nuevo Thomas Mann y su Muerte en Venecia. En Sitges, donde pasábamos los fines de semana y parte del verano, Rosario disfrutaba bañándose en la playa, los paseos frente al mar. El ático de la residencia familiar en el paseo de la Ribera 38-38, era su segundo estudio. En Sitges, entre sus amistades estaban la pintora Mercè Sella o Nena Nanclares, que había estado casada con un indio y que le inculcó a Rosario el interés por el hinduismo y el yoga, que practicaba de forma heterodoxa, y despertó asimismo en ella un gran interés por la reencarnación. También heterodoxa era la gimnasia de Rosario cada mañana antes de su ducha fría, una especie de gimnasia sueca en paños menores que causaba la hilaridad de los nietos, pues no veíamos por ninguna parte los beneficios de un ejercicio tan escaso. [1] Fornet 1934, op. cit. nota 2, s. p. [2] El original de Peter Paul Rubens de aprox. 1637, 121 × 194 cm. Galleria Palatina, Palacio Pitti, Florencia. [3] Alonso de Velasco 1991, op. cit. nota 20. [4] Véase el Manuscrito de Rosario de Velasco.
  • 1989-1991 Última etapa
    En 1981, cuando Rosario rozaba los ochenta años, durante una visita a una pequeña galería de Sitges llamada el Cau de la Carreta, conoció a su dueño, Joan Bartra, y a su esposa, Nuria Serra, a quien retratará, lo que supuso un renacimiento en su vida y carrera como pintora. Esta modesta galería se puso a sus pies y la animó a volver a exponer en cinco ocasiones (principalmente óleos sobre papel, el formato en el que se sentía más libre), la última de ellas en 1989. Sin duda, esos años fueron muy prolíficos y de esa época se conserva gran cantidad de obras, entre ellas las más personales y extraordinarias. Esta última etapa como pintora, de enorme creatividad, es la más libre de Rosario, ajena a cualquier preocupación por lo que la crítica o el mundo del arte pudiera opinar. En esta pequeña galería suburense era feliz viendo cómo se vendían sus obras y disfrutando de la charla con el matrimonio Bartra-Serra mientras consideraba nuevos proyectos. Solo tres años más tarde, tras unos duros años enferma de Alzheimer, Rosario falleció en la habitación de su casa en la calle Diputació 306 de Barcelona. Parece como si para ello hubiera esperado la llegada de su querida sobrina Beatriz, quien justo había llegado a la ciudad para unirse a la hija de Rosario, María del Mar, y a su familia. Su esposo, Javier, viviría 9 años más, y murió en su casa de Sitges en el año 2000.
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