Mis abuelos dormían en habitaciones separadas, muy separadas. Al preguntarle el motivo, mi abuela aducía que no podían dormir por los ronquidos mutuos. Esa parte, desde luego, era cierta: nunca oí mayor estruendo. Tal vez, como diría Eduardo Mendoza, solo los camiones de la basura de Barcelona retronaban más en su evocación del big bang. El matrimonio tenía una relación cordial, pero lejana a la idea que se pueda tener de un matrimonio cariñoso en que se desvive el uno por el otro. Sí viajaban juntos, y Rosario disfrutaba de esos viajes, en especial a lugares exóticos a los que se desplazaban en muchas ocasiones para asistir a congresos de medicina en los que participaba Javier. Recuerdo especialmente lo entusiasmada que volvió de Israel, de Angola, de Egipto y, sobre todo, de Japón, de donde Rosario trajo una kenzan[1] para hacer ikebana –a su manera– y un sinfín de historias y regalos increíbles que sembraron en el que suscribe un incipiente interés por ese país, en el que he podido vivir once años de mi vida. Además de los viajes a congresos, Rosario nos invitaba en ocasiones a nosotros sus nietos a viajar con ella; en mi caso, recuerdo un viaje a Grecia unas navidades junto a mi abuelo, en que visitamos Atenas, el Peloponeso y Creta. Ver con ella lugares como el teatro de Epidauro o Micenas era todo un deleite. Con mis hermanas viajó, por ejemplo, a Turquía o Bulgaria.
Muchos preguntaban y recomendaban a Rosario las ventajas de tener un marchante profesional, ya que no era ordenada en los negocios y carecía de espíritu comercial. Su motivación artística era la pasión por la pintura y, sabedora de que sus obras se vendían con relativa facilidad, no daba mayor importancia a tener o no un representante, si bien sí reconocía ocasionalmente: “Tengo que buscarme un marchante”. En parte, su prioridad por la familia la lleva en ocasiones a interrumpir su carrera. Su única hija, María del Mar, se casa en 1958 y, desde ese momento, Rosario se vuelca en ayudarla y ampararla. María del Mar alternó los estudios en la universidad con el nacimiento de sus primeros 5 hijos (Amaya, Belén, Marvi, Víctor –el que suscribe–, y Sol) de su primer marido, también médico. Las dos hijas mayores, Amaya y Belén, vivieron los primeros años del matrimonio con Rosario y Javier, mientras María del Mar terminaba la carrera de medicina y su marido ejercía como médico rural en diferentes localidades, actividad que ella también compartiría al licenciarse. Javier y, más a menudo, Rosario, nos venían a ver con bastante frecuencia. Ella era siempre una ayuda para mi madre y una alegría para los nietos. El matrimonio de María del Mar llegó a su fin en los años setenta, por lo que ella se traslada con sus hijos a la residencia de sus padres en Barcelona. Imaginemos lo que pudo suponer en ese momento en la vida de Rosario, quien vivía cómodamente en un gran piso con su marido y su pintura, la invasión de cinco nietos y una hija. A los nietos les brindó estabilidad y el amor de una abuela que ejercía de segunda madre y a la que todos adorábamos, pero para la carrera de Rosario supuso una ralentización de su actividad profesional.
Rosario no era, en absoluto, una abuela convencional. Por una parte, como ya he mencionado anteriormente, no quería que la llamáramos abuela. Su edad siempre fue un enigma, y amparándose en que su documentación se había quemado durante la guerra solía quitarse, digamos, unos diez años. Era una mujer muy fotogénica, sabía posar y su aspecto le preocupaba. Asistía con regularidad a su esteticista, Cati, a la que acompañamos sus nietos frecuentemente en el camino de regreso de su estudio en Barcelona. También su modista, sus postizos y sus sombreros, la convertían en una mujer que no pasaba desapercibida, nada que ver con las abuelas que yo conocía. La recuerdo poniéndose rodajas de pepino en la cara, “fenomenal para el cutis”, decía, o miel u otros ungüentos naturales. Eso sí, al llegar a casa le daba todo igual. Una de las facetas más divertidas de Rosario era su afición al disfraz. En una ocasión, tras la Segunda Guerra Mundial, la llevó al extremo de presentarse sin previo aviso en casa de unos amigos disfrazada de refugiado de Europa del Este. Con un atuendo andrajoso y dentadura postiza y con relleno de migas de pan para engordar las mejillas, llamó a la puerta y, al abrirle su amiga –que, estupefacta, no la reconoció, pues además fingió un complicado acento–, le dijo que venía de parte de unos amigos comunes con la promesa de que en esa casa le darían cobijo. Todo acabó en carcajadas. También recordamos sus nietos cómo se disfrazaba de fantasma y, con arrastre de cadenas incluido y con voz de ultratumba, se acercaba a nuestras camas gritando: “Marieta, Marieta, dame los higadillos que quitaste de la sepultura”.
Los nietos de la pintora éramos bien conscientes de la herencia religiosa que Rosario había recibido de su madre. Nos hacía cumplir los mandatos a rajatabla, como la importancia de asistir a las misas preceptivas sin saltarse ni una, los oficios de Semana Santa (no tanto las procesiones, que el padre de Rosario llamaba “juergas místicas”), o cuando nos congregaba en torno a la chimenea cada día del mes de mayo para rezar y cantar en el mes de María “venid y vamos todos, con flores a María” entre otras. También mi abuela aprovechaba los viajes en coche para liderar un rosario y letanías (en latín) que aligeraba con algunos cánticos, a tres voces. Rosario se propuso inculcar en sus nietos la religiosidad tal como ella la entendía, en especial centrándose en el perdón y el agradecimiento. Era Rosario una mujer muy educada, pero en algunas ocasiones podía ser muy malhablada en un modo divertido e ingenioso, y prorrumpía barbaridades que escandalizaban a los presentes. Recuerdo avergonzado cómo, al ver a una pareja por la calle en actitud “demasiado cariñosa”, se giraba y les gritaba: “¡A la fonda!”.
[1] Un kenzan es una pieza plana de plomo con decenas de pinchos de bronce para fijar las flores, hojas o ramas en el arte del arreglo floral japonés denominado ikebana.
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Yo era el único de los nietos que comía a diario en casa, dado que mis hermanas lo hacían en el colegio, y ello me permitía ser testigo de las conversaciones de mi abuela, siempre divertidas. Si alguien era demasiado pesimista le espetaba comentarios del tipo: “pues si estás en ese plan, cómprate ya un ataúd y lo pones en la entrada de casa”. En muchas ocasiones, me venía a recoger al colegio de los jesuitas de la calle Caspe y, aprovechando el viaje, oía misa. Lo que me resultaba más heterodoxo era que escuchaba el final de una misa y el principio de la siguiente, como si de una sesión continua de un cine de barrio se tratara. A mí me tocaba acompañarla en la segunda mitad, y siempre recordaré que, al llegar el momento de arrodillarse, me decía al oído más fuerte de lo que yo hubiera preferido: “tienes que rezar por tu madre y por tu padre, por tus hermanas, perdonar, perdonar”. Quería asegurarse de que no guardáramos rencor a mi padre, a pesar de que ella le dedicaba algunos de sus mejores improperios. También era característico cómo cantaba a pleno pulmón en las misas, provocando momentos de sonrojo en sus nietos.
Hacia el año 1980, cerró su estudio y empezó a trabajar en la luminosa galería del piso de la calle Diputació, lo que nos permitió disfrutar viéndola pintar. Una galería llena de plantas en la que se desparramaban bocetos, paletas con óleos, láminas de frescos pompeyanos y un suave olor a aceite de linaza.
Coincidió este cambio de estudio en el tiempo con la segunda boda de mi madre y dos hermanos se añadirían a la familia, Aldo y Pablo.
Recuerdo los paseos con mi abuela, como también los recuerdan mis hermanos, cogidos de la mano y acercándose al oído para decirme: “¡Mira ese árbol! ¡Qué bonito, es un tilo, mira esos colores del cielo, y mira esas flores!”, o, por el contrario, “¡mira ese cuadro tan horroroso!” cuando pasábamos por un escaparate de las galerías de arte de Consell de Cent y algo no le gustaba. Eran muchos los pintores a los que admiraba, muy especialmente a Giotto, Masaccio, Piero della Francesca o Mantegna. Cuando pintaba, tenía a veces recortes de imágenes de los frescos pompeyanos para inspirarse en esos colores y texturas terrosas. Admiraba a Durero, Velázquez, Goya, Turner, De Chirico, Braque, al primer Antoni Tàpies, y afirmaba: “Todos le debemos algo a Picasso; él ha sido el puentecito por donde hemos pasado a lo nuevo”[1].(https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftn1) Vi muchas exposiciones con ella, recuerdo cómo le gustó una de Miquel Barceló en el Palacio de Velázquez en Madrid en 1985, de la que le llamaron mucho la atención sus texturas.
A los nietos nos animaba a dibujar o pintar, insistiendo mucho en que no copiáramos, que fuéramos originales. Siempre pendiente de los colores y la armonía, más que de la forma. Todo ello creó en nosotros un interés por la pintura, en especial en mi hermana Marvi, que se ha convertido en una excelente pintora profesional. Pese a este rechazo a la copia, sí recuerdo que en el piso de Diputació sorprendía una espléndida y enorme copia del paisaje de Rubens Regreso de la cosecha[2].(https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftn2) Mi madre me recuerda que lo pintó copiándolo de una pequeña estampa en un libro de arte que estaba en casa.
Una de las personas más queridas de Rosario fue su sobrina Beatriz, hija de su hermana Lola. Al ser su primera sobrina, antes de nacer su propia hija, Rosario la quiso toda su vida como si fuera suya. De hecho, Beatriz, que aparece en algunas obras de Rosario, escribió asimismo muchos recuerdos en un divertido manuscrito[3].(https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftn3) También su sobrina Mavi tuvo una relación estrecha con mi abuela, y su cuñada y amiga, Antoñita (Antonia Ruiz Nuevo), quien aparece en varios lienzos de Rosario. Antoñita estaba casada con Ramón Farrerons Co, hermano del marido de Rosario. Ambos vivían en Madrid y solían pasar parte del verano en la casa familiar de la pintora en Sitges, donde fue pintado el lienzo “Antoñita cosiendo con la gata Canilla” (Sitges, Barcelona. 1950). En esta obra, vemos el azul de las paredes, presente en muchas casas de la villa y conocido como “azul Sitges”. Este azul se obtiene con la aplicación del azulete (utilizado para blanquear la ropa blanca) sobre las paredes. En el lienzo aparece también la famosa gata Canilla, muestra del amor de Rosario por los animales en general y por los gatos en particular. Antoñita y Rosario se lo pasaban en grande juntas. Les encantaba la playa, a la que iban con unos bañadores algo extremados para la época, unas prendas que siguieron luciendo cuando ya era ampliamente octogenarias. Sobre esta ausencia de pudor, Beatriz, sobrina de Rosario y residente en Valladolid en un ambiente muy conservador, describe en su manuscrito una anécdota impagable. Rosario ya era mucho más moderna que el resto de su familia cuando vivía en Madrid, pero en Barcelona se modernizó aún más. El caso es que Beatriz, con 16 años de edad, fue a pasar unos días a Vilanova y apareció en la playa con un traje de baño que a mi abuela Rosario le pareció un hábito monjil. En días subsiguientes, Rosario sacaba en la playa unas tijeras enormes y le iba recortando a su sobrina el bañador, cada día un poco más. De esta falta de pudor de Rosario en lo que al cuerpo humano se refiere, cualquiera de mis hermanas corroborará que, si veía que alguno de nosotros se duchaba con la puerta del baño cerrada, la aporreaba y vociferaba, “¿¡pero es que acaso tenéis un cuerno saliendo de la barriga que yo no pueda ver!?”.
Tanto ella como mi abuelo eran grandes lectores. Rosario admiraba la cultura y lengua francesas, aprendidas de las monjas de Madrid. Entre sus libros favoritos figuraban En busca del tiempo perdido y copias en francés del Ulises o Una grulla en la taza de té de Kawabata, libros que recuerdo en su mesilla de noche. Era también admiradora de Rilke, Kafka, Selma Lagerlöf o Thomas Mann.
En el piso de la calle Diputació se escuchaba de forma habitual música (clásica normalmente) proveniente de un tocadiscos que manejaba mi abuelo, excepto cuando él no estaba y podíamos usarlo los nietos. No recuerdo que Rosario pusiera la radio o el tocadiscos para escuchar música, pero disfrutaba mucho de la música clásica que la acompañaba también al pintar. En especial, tengo grabados en la memoria los meses de agosto en los que íbamos a Loarre (Huesca), donde mis abuelos tenían una casa con jardín. Allí, Rosario pintaba a diario, sin tregua, tras su rutina matutina de largos paseos por la montaña, incluyendo, en muchas ocasiones, un chapuzón en alguna poza helada, tal como hacía su hermano Luis, o conversaciones con el pastor, el panadero o el alguacil. Al volver a casa, separada del jardín por una larga cuesta que da entrada a la plaza del pueblo, la ¿asistenta? le tenía preparado un contundente desayuno —pan frito y café con leche— y después se trasladaba a pintar al jardín. Allí, mientras pintaba, mi abuelo Javier leía, estudiaba o escribía alguno de sus artículos científicos. Sonaba siempre música clásica de emisoras extranjeras (creo recordar que alemanas) en una radio ubicada entre la pintora y el médico. Cada vez que escucho algún concierto para piano de Mozart me vienen a la memoria esos interminables agostos en que nosotros los nietos (sobre todo los dos más pequeños por aquel entonces, Sol y yo) jugábamos en su compañía. De esos veranos en Loarre hay bastantes obras de Rosario. Elementos del mobiliario del jardín, como sillas de director de cine de madera roja y tela verde o una mesa redonda metálica blanca, aparecen después en sus óleos, en los que hojas de árboles y otras plantas de ese jardín se incorporaban como impresiones o esgrafiados. El jardín estaba bastante asilvestrado y sus arbustos y árboles eran un buen escenario para obras en las que aparecían personajes escondidos entre la maleza, como algunas de las diferentes versiones dedicadas a la casta Susana siendo observada.
Mi abuela nos inculcó el amor por la montaña y por los paseos en la naturaleza. Sus excursiones eran a paso ligero, siempre comentando el color de una flor, el tono del cielo, el ruido de los cencerros del ganado o el mugido de una vaca. Y si el perro de un pastor se acercaba, se convertía en la estrella. Su amor por los animales era enorme, siempre tuvo gatos o perros. En muchas de sus obras podemos ver alguna de sus mascotas, como el famoso perro Skipi o la siamesa Canilla. Quizás la que más tiempo le acompañó fue la teckel Chispa, una perra gruñona. También en Sitges aprovechaba las sobras de la comida para llevarlas a los gatos de los espigones de la playa. Sobre su amor por los animales, y volviendo al manuscrito de Rosario en el que describía su casa con balcones al Paseo del Pintor Rosales, ella misma decía: “Cuando llegaba el invierno veíamos los primeros trenes con los techos blancos de la nieve que llegaban de su paso por la sierra. Y a veces, en días de viento y tormenta, llegaba un fuerte olor a jara. Se olía cuando aquellos carretones enormes tirados por dos bueyes y colmados de jara iban por las calles para dejarlos en las tahonas. [...] El carro, que era de madera, crujía, y los bueyes se esforzaban cuando surgía alguna cuesta. El carretero se exclamaba y colocado delante de los bueyes les gritaba y empujaba con un largo palo. Palo que con gran pena mía supe que llevaba un clavillo puntiagudo con el que les pinchaba para azuzarles. Si no hubiera querido tanto a los animales, quizás mi infancia hubiese sido aún más feliz de lo que fue”[4].(https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftn4) 1
El cine le fascinaba. Preguntada en una entrevista en 1943 sobre si existía otro arte por el que experimentara admiración, Rosario contestó: “Preferiría escribir a pintar y, sobre todo, poder escribir comedias. ¡Pero cuidado, porque esa palabra ha perdido su verdadero sentido y suena a astracanada! Me gustaría mucho dirigir cine, pero me asusta, pues tendría que salir de la órbita de la vida aislada y concentrada, a la que cada día me entrego más”. Sin embargo, Rosario rodó muchos metros de película con una cámara comprada en Estados Unidos de la que se conservan algunas muestras en las que puede verse su curiosidad y creatividad. No era raro verla haciendo tomas de escenas familiares, paseos por el campo o imágenes de la ciudad. Me llevaba al cine con frecuencia. Íbamos por la tarde entre semana al cercano cine Capsa, en la calle Aragó, que proyectaba lo que entonces se llamaban películas de arte y ensayo. Recuerdo en especial algunas de Bergman, Kurosawa o Fellini. También recuerdo, sorprendido, que me recomendó Sebastiane (1976), de Dereck Jarman. En estas películas, lo que ella destacaba más era sin duda la factura artística, los colores, la luz, el vestuario. También la recuerdo evocando momentos de una u otra película del cine clásico, en especial las de Bette Davis o Katherine Hepburn, cuyos personajes y personalidad siempre me han recordado a mi abuela. Le encantaba Visconti y de nuevo Thomas Mann y su Muerte en Venecia.
En Sitges, donde pasábamos los fines de semana y parte del verano, Rosario disfrutaba bañándose en la playa, los paseos frente al mar. El ático de la residencia familiar en el paseo de la Ribera 38-38, era su segundo estudio. En Sitges, entre sus amistades estaban la pintora Mercè Sella o Nena Nanclares, que había estado casada con un indio y que le inculcó a Rosario el interés por el hinduismo y el yoga, que practicaba de forma heterodoxa, y despertó asimismo en ella un gran interés por la reencarnación. También heterodoxa era la gimnasia de Rosario cada mañana antes de su ducha fría, una especie de gimnasia sueca en paños menores que causaba la hilaridad de los nietos, pues no veíamos por ninguna parte los beneficios de un ejercicio tan escaso.
[1] (https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftnref1)Fornet 1934, op. cit. nota 2, s. p.
[2] (https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftnref2)El original de Peter Paul Rubens de aprox. 1637, 121 × 194 cm. Galleria Palatina, Palacio Pitti, Florencia.
[3] (https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftnref3)Alonso de Velasco 1991, op. cit. nota 20.
[4] (https://manage.wix.com/dashboard/c26907bf-2776-4e5c-9a98-7df1582c5fff/wix-faq/14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d?appDefinitionId=14c92d28-031e-7910-c9a8-a670011e062d&applicationId=5811&compId=lw6y8dji¤cy=COP&deviceType=desktop&instance=-P9oclFNuZ_fz6oLUZJvxrb1iCSbWHr0XZhXAr0baL8.eyJpbnN0YW5jZUlkIjoiZWY2Y2M5YzktNzBjZC00MDhlLTliY2YtMTI0NzI1MTcyYzA3IiwiYXBwRGVmSWQiOiIxNGM5MmQyOC0wMzFlLTc5MTAtYzlhOC1hNjcwMDExZTA2MmQiLCJtZXRhU2l0ZUlkIjoiYzI2OTA3YmYtMjc3Ni00ZTVjLTlhOTgtN2RmMTU4MmM1ZmZmIiwic2lnbkRhdGUiOiIyMDI0LTA1LTE0VDIxOjU2OjQ0LjU3NloiLCJ1aWQiOiIyYjdkZmM4Zi0wNjE2LTQ3NjMtOTczNC0yYjg3MTA2OTc1M2UiLCJwZXJtaXNzaW9ucyI6Ik9XTkVSIiwiZGVtb01vZGUiOmZhbHNlLCJiaVRva2VuIjoiMmQwNWNlNzYtNTdiYi0wZWQyLTAxNTctNmZiNjdkM2I3M2Y4Iiwic2l0ZU93bmVySWQiOiIxZWJjY2ZlMC02MTllLTQxMzctYjgzMC1lODE2MDk3MWZiYmUiLCJzaXRlTWVtYmVySWQiOiIwYzI4MzJkZi1iZTA4LTQ5OGEtYmNjYi00MzJkYzNmOWM5ZWMiLCJleHBpcmF0aW9uRGF0ZSI6IjIwMjQtMDUtMTVUMDE6NTY6NDQuNTc2WiIsImxvZ2luQWNjb3VudElkIjoiMmI3ZGZjOGYtMDYxNi00NzYzLTk3MzQtMmI4NzEwNjk3NTNlIiwibHBhaSI6bnVsbCwiYW9yIjp0cnVlfQ&locale=es&origCompId=comp-lw6xnruq&referralInfo=sidebar&sdkVersion=1.3892.0&tz=America%2FBogota&viewMode=editor#_ftnref4)Véase el Manuscrito de Rosario de Velasco.